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Una de las características de la modernidad en la que ciertos autores más han insistido es en su reflexividad. Así, un libro escrito por los sociólogos Anthony Giddens, Ulrich Beck y Scott Lash se titula precisamente Modernización reflexiva (1), y sobre este concepto de "reflexividad" giran buena parte de sus disquisiciones; mientras, en la Escuela de Edimburgo de la Sociología del Conocimiento Científico (SSK), con David Bloor a la cabeza, la condición de "reflexividad" ha sido puesta acompañando a las directrices epistemológicas básicas de sus investigaciones, como una suerte de conditio sine qua non podría llevarse a cabo la tarea que les es propia. Por supuesto, la idea de "reflexividad" como nota dominante de la modernidad ha sido y es objeto de las habituales controversias en el ámbito académico (y no hay que olvidar que la "modernidad reflexiva" trató de convertirse en alternativa a la caracterización del presente como "postmoderno"), pero es prácticamente innegable que el término se convierte, en las manos adecuadas, en un muy fértil hilo conductor a la hora de caracterizar y explicar ciertos fenómenos más o menos recurrentes de la actualidad.
Por su parte Roland Barthes, el conocido crítico literario y semiólogo (post)estructuralista, publicó en 1971, en Sprit, un breve texto titulado La mitología hoy (2), que nos parece interesante en torno precisamente a esa idea de "reflexividad", en tanto da cuenta, con la claridad y clarividencia que le caracteriza en este tipo de textos, de cierto problema ligado, creemos, a aquella.
Barthes parte de cierta caracterización del mito que, nos dice, "próximo a lo que la sociología de Durkheim llama 'una representación colectiva', es legible bajo los enunciados anónimos de la prensa, de la publicidad, del objeto de consumo de masas; es una determinación social, un 'reflejo'". Ahora bien, "este reflejo (...) está invertido: el mito consiste en hacer de la cultura naturaleza, o al menos de convertir en 'natural' lo social, lo cultural, lo ideológico, lo histórico". Es lo que Barthes llama la Endoxa, "figura laica del origen", que habría convertido toda una serie de conjuntos de enunciados -y ya no Grandes Narraciones, tema éste, el de su fin, muy querido en la temática postmoderna- en algo "natural", dado de una vez para siempre como parte del reservorio del sentido común, de aquello que no necesita ser sometido a cuestionamiento alguno. Sería, entonces, tarea de la semiología poner en evidencia el carácter mítico de semejantes enunciados, llevarlos a la crítica, desvelarlos, mostrar su origen "real" -político, sociológico, histórico, antropológico, psicoanalítico...- y, con ello, hacer su denuncia. Denuncia, por lo demás, muy ligada a cierto análisis marxista, el cual trataría de demostrar cómo ciertos enunciados "míticos" resultarían, por un lado, fruto de la propia división de clases -y no del "sentido común" imperante- y, por otro, convenientes de cara al mantenimiento del statu quo "burgués".
Ahora bien, de la enunciación de tal caracterización del mito han pasado, en el momento en el que Barthes escribe y a su decir, quince años, tiempo en el que algo parece haber dado un vuelco: el movimiento ineluctable de la reflexividad misma, podríamos decir. Y es que la crítica del mito, de la Endoxa mítica, parece haberse convertido, a su vez, en Endoxa, en una doctrina sustitutiva que habría que aceptar sin mayor cuestionamiento. Movimiento algo paradójico con visos de hacerse infinito en tanto a la crítica le sucedería la crítica de la crítica, en un quehacer dialéctico que debiera encontrar, en cada nuevo nivel, la superación de la figura anterior en una nueva figura que, sin borrar los avances de aquella, los recuperase trascendiéndolos en ésta. Así, a la crítica de los enunciados y el léxico "míticos" le sucedería una crítica del propio signo: "no son ya los mitos lo que hay que desenmascarar (de ello se encarga la endoxa), sino el signo en sí lo que hay que hacer tambalear; no revelar el sentido (latente) de un enunciado, un trazo, un relato, sino abrir fisuras en la misma representación del sentido". Por lo que respecta al análisis -crítico- de la semiología, "la 'mitoclastia' se ve sucedida por una 'semioclastia', mucho más amplia y elevada a otro nivel."
Por supuesto, Barthes concluye su artículo esbozando algo así como el programa de la tarea a desarrollar en ese "nuevo nivel", bajo la nueva figura crítica. Sugerencias en sí mismas muy interesantes, y que, dicho de un modo algo grosero, casi podrían interpretarse como el paso del "estructuralismo" al "postestructuralismo" (aunque Barthes mismo habla de pasar de Feuerbach y el "joven Marx" al "Marx adulto"). Interesantes, pero personalmente encuentro más importante otro aspecto, ligado al problema de la reflexividad, en este caso, dialéctica (no es el único tipo de reflexividad, claro está).
(Continuará...)
NOTAS
(1) Beck, Ulrich, Anthony Giddens y Scott Lash, Modernización reflexiva. Política, tradición y estética en el orden social moderno. Alianza Universidad: Madrid 1997.
(2) Recogido en Barthes, Roland, El susurro del lenguaje. Más allá de la palabra y la escritura. Paidós: Barcelona 2009.










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