Vaya con Jean Genet. Un tipo curioso. Eso como poco. Llamó la atención de gente como Sartre o Cocteau, y ha sido reivindicado de un modo u otro por la siguiente generación de literatos y pensadores franceses; eso es cosa sabida. Sigue la estela de malditos, de Baudelaire, Rimbaud, Roussell, Céline, Artaud, Bataille, Klossowski, Blanchot y demás. Las etiquetas que nos cortan el trabajo de pensar: todos a un saco y nos quedamos tan anchos. Sospechas, cuando menos, de antisemitismo: apoyó la causa palestina (tiene un texto, que puede ser consultado en la web, sobre la masacre de Sabra y Chatila que pone los pelos como escarpias) e hizo algunos comentarios, al parecer, que no parecen mostrar precisamente simpatía por el pueblo judío. También fue un delincuente reincidente y varias veces condenado, y recibió un indulto después de una petición firmada por importantes primeras espadas de la cultura de la época. Dimes y diretes. No sé cuál es la importancia de estas y otras cosas. Para mí, ahí quedan, en el reino de la anécdota, de la curiosidad.
Lo importante es El niño criminal. El libro que en realidad contiene, en la edición que les comento (Madrid: errata naturae 2009), dos ensayos, el que le da título y Fragmentos..., además de una introducción titulada Lejos de Mettray, a cargo de la especialista Irene Antón que también traduce los textos de Jean Genet. Muy interesante e informativa, la introducción pone en su contexto la génesis y aparición de los escritos y realiza un análisis, si breve, igualmente sugestivo, de los mismos.
Sabremos así que El niño criminal fue escrito para ser emitido por las ondas radiofónicas, en un programa que iba a contar igualmente con un texto armado ex profeso por Antonin Artaud. Ni uno ni otro fueron radiados, sin embargo: el programa se suspendió por ciertas causas y tuvieron que esperar a un mejor momento y lugar para revelarse. Conservando, eso sí, algunas peculiaridades cuyo sentido pertenece al formato sonoro previsto, pero que confieren una cualidad curiosa vertidas sobre el papel.
Y reformatorios, y niños criminales, y gestos de rebeldía, y apisonadoras de homogeneización. Sigue habiendo mucho de romántico, pero ya en fases tardías, crepusculares: Jean Genet reniega de todo ello: "Palabrería romántica, decís. / Ahora bien (...) Acusadme de lirismo. Pero (...)". La necesidad del castigo, el aborrecimiento de la conmiseración. Reivindicación del enemigo, ética y estética de la juventud. ¿Preparación del cambio? ¿Gesto de qué? Bendito san Genet, tuvo claro lo que tuvo claro y dudó de todo ello. Y nos lo escupió, vomitó, defecó. Siempre han de faltarnos retretes, cloacas, escupideras. El único ente que no se multiplica sin necesidad.
El otro texto, Fragmentos..., es un fragmento de un fragmento que quedó como fragmento de fragmentos. Fractalización de un proyecto que se proyecta como proyecto interminable, inconcluso e inconcluible. Lo grande y lo pequeño.
Y homosexualidad, o pederastia, como la llama Jean Genet. Una especie perversa de visión sobre la misma. El guiñol de Genet, estirpe de letrina y remordimiento. Una deuda que se cobra a base de inversiones de letras de cambio. Deuda de un padre y una madre, una voz abscóndita que manda y eleva y una caverna silenciosa que se interna bajo páramos embarrados y succiona. Dispersión, vórtice que aspira y expulsa, traga y arroja, embadurnados de líquido amniótico y cegados por el resplandor, dentro-fuera, dentro-fuera: extáticos.
Vaya con Jean Genet.
Lo importante es El niño criminal. El libro que en realidad contiene, en la edición que les comento (Madrid: errata naturae 2009), dos ensayos, el que le da título y Fragmentos..., además de una introducción titulada Lejos de Mettray, a cargo de la especialista Irene Antón que también traduce los textos de Jean Genet. Muy interesante e informativa, la introducción pone en su contexto la génesis y aparición de los escritos y realiza un análisis, si breve, igualmente sugestivo, de los mismos.
Sabremos así que El niño criminal fue escrito para ser emitido por las ondas radiofónicas, en un programa que iba a contar igualmente con un texto armado ex profeso por Antonin Artaud. Ni uno ni otro fueron radiados, sin embargo: el programa se suspendió por ciertas causas y tuvieron que esperar a un mejor momento y lugar para revelarse. Conservando, eso sí, algunas peculiaridades cuyo sentido pertenece al formato sonoro previsto, pero que confieren una cualidad curiosa vertidas sobre el papel.
Y reformatorios, y niños criminales, y gestos de rebeldía, y apisonadoras de homogeneización. Sigue habiendo mucho de romántico, pero ya en fases tardías, crepusculares: Jean Genet reniega de todo ello: "Palabrería romántica, decís. / Ahora bien (...) Acusadme de lirismo. Pero (...)". La necesidad del castigo, el aborrecimiento de la conmiseración. Reivindicación del enemigo, ética y estética de la juventud. ¿Preparación del cambio? ¿Gesto de qué? Bendito san Genet, tuvo claro lo que tuvo claro y dudó de todo ello. Y nos lo escupió, vomitó, defecó. Siempre han de faltarnos retretes, cloacas, escupideras. El único ente que no se multiplica sin necesidad.
El otro texto, Fragmentos..., es un fragmento de un fragmento que quedó como fragmento de fragmentos. Fractalización de un proyecto que se proyecta como proyecto interminable, inconcluso e inconcluible. Lo grande y lo pequeño.
Y homosexualidad, o pederastia, como la llama Jean Genet. Una especie perversa de visión sobre la misma. El guiñol de Genet, estirpe de letrina y remordimiento. Una deuda que se cobra a base de inversiones de letras de cambio. Deuda de un padre y una madre, una voz abscóndita que manda y eleva y una caverna silenciosa que se interna bajo páramos embarrados y succiona. Dispersión, vórtice que aspira y expulsa, traga y arroja, embadurnados de líquido amniótico y cegados por el resplandor, dentro-fuera, dentro-fuera: extáticos.
Vaya con Jean Genet.










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